Un rincón para detenerse con buen clima en general.
Como en todos los sitios, acá no faltarán los nubarrones, pero con que pasen, ¡todo en su lugar!

martes 29 de septiembre de 2009

Con cada lechuga una alegría

Semblanza de un modesto hombre que veía pasar.


Por mi anterior barrio de la calle Hamburgo, solía pasar un un verdulero en un antiguo carretón tirado por un cuidado y orgulloso caballo negro. Era una aparición sacada de otros tiempos, pues de esto hará unos 15 años solamente, ¡nada en el girar del mundo!

Era tan especial este buen hombre con su estampa y su carromato ágil y decorado con verduras, que se le podía seguir la rutina por la ciudad, por los carriles que a diario recorría, pues lo ví temprano pasando por La Reina, luego por Nuñoa para terminar en Providencia, todas comunas del Gran Santiago de Chile.

Era muy especial, pues si vendía pimentones rojos o mezclados con verdes no iban jamás en una caja, no, iban cuidadosamente amarrados en guirnaldas que bamboleaban atrás de su vehículo con sentido estético y simétrico pues eran como cortinas de esos vegetales sobre ordenadas coliflores, zanahorias, lechugas, betarragas, etc, todo con sus colores que marcaban las estaciones del año: sandías en verano, alcachofas entrando la primavera, naranjas en invierno, y todo el año, pues no son de acá, los alegres plátanos amarillos puestos con amor al lado de las barandas.

Se vestía con ropas atemporales también; destacaba un sombrero andaluz, como los que se usan en el campo chileno, que se sacaba para saludar-- como se ha olvidado hacerlo-- ante el menor asomo de una sonrisa de las que provocaba, de simpatía, de incredulidad, y  a mí, personalmente, de optimismo: ¡me alegraba el día verlo tan feliz en su humilde y esforzado trabajo!

Muchas veces lo vi pasar acompañado por alguna nieta o nieto, tan orgullosos como el abuelo sentados en el pescante; ella con sus trencitas pasadas de moda, limpias y dignas, y el chiquillo muy derecho y bien dispuesto a ayudar haciendo fuerzas o pesando la mercadería. Eran familia y de las buenas. Gente honrada, motivada, contentos y que contentaban.

Con cada lechuga que vendían daban algo intangible y escaso: alegría.

viernes 25 de septiembre de 2009

¿Les suena conocido?

Mi prima Mónica me ha mandado este texto. No lo conocía pero lo encuentro extraordinario; tiene humor, pero dice verdades que las señoras y caballeros de las 4 décadas conocemos muy bien. Somos una generación de transición. No suelo postear cosas ajenas salvo que me toquen como ésta vez ha sucedido. No en todo lo dicho me reconozco, pero sí veo lo que les sucede a otros mayores que yo, sobre todo. En fin. El mundo va rápido y no hay que ser viejo para sentir el vértigo que nos ha impuesto.





Para mayores de cuarenta

Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco.
No hace tanto, con mi mujer, lavábamos los pañales de los críos, los colgábamos en la cuerda junto a otra ropita, los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar.
Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda, incluyendo los pañales.
¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables! Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le costó tirar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el bolsillo y las grasas en los repasadores.
¡¡¡Nooo!!! Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra. Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto. Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades.


¡Guardo los vasos desechables!
¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez!
¡Apilo como un viejo ridículo las bandejitas de espuma plástica de los pollos!
¡Los cubiertos de plástico conviven con los de acero inoxidable en el cajón de los cubiertos!
¡Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda la vida!
¡Es más, se compraban para la vida de los que venían después!
La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, fiambreras de tejido y hasta palanganas de loza.


Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos cambiado de heladera tres veces.
¡¡Nos están fastidiando! ! ¡¡Yo los descubrí!! ¡¡Lo hacen adrede!! Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo. Nada se repara. Lo obsoleto es de fábrica.


¿Dónde están los zapateros arreglando las media-suelas de las Nike?
¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando sommiers casa por casa?
¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista?
¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros?
Todo se tira, todo se desecha y, mientras tanto, producimos más y más basura.


El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad.
El que tenga menos de 40 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el basurero!! ¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de... años!


Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII)
No existía el plástico ni el nylon. La goma sólo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en la Fiesta de San Juan.
Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o se quemaban. De 'por ahí' vengo yo. Y no es que haya sido mejor. Es que no es fácil para un pobre tipo al que lo educaron con el 'guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo', pasarse al 'compre y tire que ya se viene el modelo nuevo'.


Mi cabeza no resiste tanto.


Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que, además, cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real.
Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya si era un nombre como para cambiarlo) Me educaron para guardar todo. ¡¡¡Toooodo!!! Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo.


Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes y no sé cómo no guardamos la primera caquita. ¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo?
¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente, no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con la que se consiguieron?


En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y guardábamos.. . ¡¡Cómo guardábamos!! ¡¡Tooooodo lo guardábamos!! ¡¡Guardábamos las chapitas de los refrescos!! ¡¿Cómo para qué?! Hacíamos limpia-calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares. Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela. ¡Tooodo guardábamos!


¡¡¡Las cosas que usábamos!!!: mantillas de faroles, ruleros, ondulines y agujas de primus. Y las cosas que nunca usaríamos. Botones que perdían a sus camisas y carreteles que se quedaban sin hilo se iban amontonando en el tercer y en el cuarto cajón. Partes de lapiceras que algún día podíamos volver a precisar. Tubitos de plástico sin la tinta, tubitos de tinta sin el plástico, capuchones sin la lapicera, lapiceras sin el capuchón. Encendedores sin gas o encendedores que perdían el resorte. Resortes que perdían a su encendedor...


Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se tiraban al terminar su ciclo, inventábamos la recarga de los encendedores descartables. Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de sardinas o del corned-beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave. ¡Y las pilas! Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín.


Las cosas no eran desechables. Eran guardables. ¡¡¡Los diarios!!! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para poner en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para envolver. ¡¡¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al trozo de carne!!!


Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque para hacer cuadros y los cuentagotas de los remedios por si algún medicamento no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos. Y las cajas de cigarros Richmond se volvían cinturones y posa-mates y los frasquitos de las inyecciones con tapitas de goma se amontonaban vaya a saber con qué intención, y los mazos de naipes se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía 'éste es un 4 de bastos'.


Los cajones guardaban pedazos izquierdos de palillos de ropa y el ganchito de metal. Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en un palillo.


Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos. Así como hoy las nuevas generaciones deciden 'matarlos' apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada: ¡¡¡ni a Walt Disney!!!


Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron: 'Cómase el helado y después tire la copita', nosotros dijimos que sí, pero, ¡¡¡minga que la íbamos a tirar!!! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas. Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se transformaron en adornos de dudosa belleza. Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de botellones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella.


Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos. ¡¡¡Ah!!! ¡¡¡No lo voy a hacer!!! Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad son descartables.


Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas. Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero. No lo voy a hacer. No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne. No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo y glamour.


Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la 'bruja' como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva. Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo de que la 'bruja' me gane de mano y sea yo el entregado.

  Eduardo Galeano


NOTA: Me han hecho una corrección que no puedo comprobar, pero para ser justos la pondré acá como un enlace para el que quiera verlo. Me han dicho que el verdadero autor de este texto es otro uruguayo, don Marciano Durán y lo encuentran acá*











jueves 24 de septiembre de 2009

Volcamiento romántico y oportuno

Esta entrada la tenía "en barbecho" por mucho tiempo. Revisando los borradores que tengo repartidos esperando ver la luz, la pulí un poco ahora que la creatividad sigue de fiesta por la Independencia de Chile, parece.



"Pololo" en Chile es el nombre genérico que le damos a varios coleópteros del tipo san juan y también a las "chinitas"/mariquitas. De ahí que llamamos a los pretendientes de ese modo, por lo que rondan y giran cerca del pretendido/a


Cuando ésto escribo, llevo más de 38 años de matrimonio. ¿Feliz matrimonio? yo diría que sí, pues gozamos de una estabilidad, amistad, cooperación, compañía y muchas otras cosas tan buenas que en conjunto hacen un estado de satisfacción que se puede llamar felicidad.

Reconozco ser feliz por la ternura e interés que me produce su recuerdo y presencia y porque sólo de pensar en perder al compañero de un segmento tan largo de mi vida me hace entristecer y, a pesar de lo que aprecio la vida, ya no sé si prefiero ser yo la que parta primero y en ese caso dejarlo a él solo luchando por combinar los colores de sus corbatas con lo que lleva puesto y tener a quien comentarle el clima esperado para los próximos 5 días en Santiago, por poner unos ejemplos tontos; o que sea yo la que se quede sintiendo que la cama es tan grande y fría sin él, teniendo que preocuparme de la calefacción, de destapar los regadores del jardín y otro sin fin de detalles que hacen que la rutina pueda ser amada.

Y pensar que si no fuera por un volcamiento de la camioneta en que nos movilizábamos cuando "pololeábamos*" quizás no me hubiera casado con él, pues yo estaba esperando que se fuera a trabajar al norte, a 1800 kilómetros de Santiago para "patearlo" por carta, pues no me daba el ánimo para terminar el pololeo de frente. ¡Mira que cobarde!

Justo la semana en que se iba a ejercer su primer trabajo sucedió que la camioneta derrapó en una calle mojada --quizás con aceite en los adoquines-- y nos volcamos sin mayores consecuencias pese a que --gracias a Dios-- lo que pudo ser terrible se sorteó por la maniobra de un taxi que venía en sentido contrario y nos evitó. Salimos con pequeños cortes, raspones ; nada serio. Sólo una amiga que nos acompañaba quedó peor, con la clavícula quebrada, pero mejoró pronto y bien.

En ese trance --querido por el Señor, no me cabe duda por las circunstancias tan especiales que lo rodearon-- pude comprobar el tierno corazón, la capacidad de reacción, la preocupación por los demás antes que por él mismo que tenía mi pololo, y en un instante me di cuenta de todo lo que lo quería, tanto como para casarnos un año después. Los kilómetros de por medio no fueron distancia sino un acicate para concretar pronto nuestro matrimonio; entre otras razones fue un motivo para casarme tan joven. Necesitábamos acortar la lejanía.

Como en toda relación hemos tenido altos y bajos, pero con un promedio trabajado y aceptable que es lo que cuenta.

¿Quién dice que hay que esperar mucho tiempo y probarlo todo para tener éxito en el matrimonio? Asumimos el paquete completo y acá estamos, de abuelos, y viviendo la ilusión de ver como crece la familia que fundamos en 1971.

***




Vocabulario
*Pololear: En Chile no usamos la palabra "novios" es esta etapa de la relación, la reservamos para cuando hay un compromiso formal. LA RAE dice: pololear.

(De pololo2).
1. tr. Bol. y Chile. Mantener relaciones amorosas de cierto nivel de formalidad.
2. prnl. coloq. Chile. Tratar gentilmente a alguien con el fin de conseguir algo.




sábado 19 de septiembre de 2009

Instrumentos líticos vigentes

Mortero lítico con su "mano" de piedra

Sal de costa* molida al modo tradicional


Estamos celebrando las Fiestas Patrias en Chile. Ayer por la Primera Junta de Gobierno ocurrida en 1810, y hoy le tocó las Glorias del Ejército de Chile con la Parada Militar 2009.

Celebramos con un asado hecho por Felipe en la barbacoa de nuestro patio que ya tenía una atmósfera cálida y serena con una brisita amable que no dejaba sentir frío ni nos hacía llorar con humo en los ojos, aunque debo reconocer que ESE humo les produce a los hombres de mi familia un dolor "muy sabroso" y lo soportan bien, jeje

Para el asado yo colaboro con las salsas y ensaladas, y para seguir la tradición, salamos todo con "sal de costa*", conseguida de la lenta evaporación del agua del mar, rica en yodo y otros micro nutrientes que han redescubierto los supermercados haciendo muy buen negocio. ¡Qué diría mi abuelo que la utilizó toda la vida!

Claro que la sal de costa se debe moler, y desde las profundidades de la prehistoria se hace del mismo modo que lo he hecho yo: en un utensilio LÍTICO. Sí, señoras y señores, lítico, prehistórico total pero plenamente vigente. ¿Alguna duda? ahí lo ven: pura piedra, y es insustituíble hasta hoy.
****
Dedico este post a mi padre ya fallecido y a mi hermana Sole que tanto ama todo lo nuestro desde Costa Rica, donde vive por más de 20 años






miércoles 16 de septiembre de 2009

Sucedió en el sur. Historias de Marco y Chelita


Sus familias eran muy amigas. Eran jovencísimos y bastante afines ,entre otras cosas porque habían venido a Chile desde la lejana Bélgica, y la patria lejana hermana las personas tanto como compartir la sangre.

Ambos chicos eran muy compinches y --dicen-- el joven estaría enamorado de ella. Puede ser y puede no ser, pero le da un toque muy romántico a la historia, porque Graciela, mi tía a la que llamaban Chelita, estaba comprometida para casarse con Patricio G. y jamás consideró de otro modo que como amigo a Marco de B.

Tocó que por un infortunado desencuentro con una persona, Marco estuvo expuesto a una lluvia de las que se conocen en el invierno en el sur de Chile, con un frío que calaba, y como consecuencia enfermó de bronconeumonía, temido mal por sus altos índices de muerte en tiempos sin penicilina.

Marco se debatió durante varios días luchando por sobrevivir, y quizás lo hubiera conseguido si no hubiera estado totalmente sugestionado por una "lectura de manos" que le hizo poco antes una gitana, diciéndole que moriría el día de su cumpleaños. Efectivamente, el día que cumplía 23, murió, y en los días previos el pobre muchacho gritaba y lloraba diciendo que no quería morir, mientras recordaba el oráculo.

Fue enterrado en el cementerio de San Javier de Loncomilla y ahí reposan sus restos todavía, pero hubo una historia curiosa, pues también su compañera de infancia y juventud murió de una manera inesperada uniendo en la muerte sus historias.

Ella enfermó de tuberculosis galopante y en pocos meses la enfermedad le ganó a sus reservas de vida. Poco antes, el noviecito se había esfumado, espantado por el doctor Koch y su bacilo, mortal en aquella época. Hizo sufrir enormemente a su novia, una niña enamorada. Pato G. tenía razón de ser prudente, pero no de ser cobarde y desaparecer así.

El día del funeral de Chelita -que sólo  vivió 20 años- llevaban su ataúd al sitio que tenían previsto mis abuelos, pero el cajón era más ancho que el espacio para su inhumación. Había que solucionarlo, y mi padre, entonces un adolescente de 14 , fue el encargado de ir por todo el cementerio con una cinta métrica en la mano buscando un nicho disponible donde colocar a su infortunada hermana, y el único que tenía las dimensiones necesarias estaba exactamente sobre la tumba de Marco, su querido amigo recientemente enterrado.



martes 15 de septiembre de 2009

Cancerbera

Cancerbera

El médico que me está viendo las cuerdas vocales me citó para un centro médico diferente del que acostumbro pues ahí tiene una máquina de alta resolución.

Debía presentarme a las 9:00 y no es tan cerca de mi casa; más bien es lejos por los atascos de la hora convenida, pero llegué puntual, así me gusta y eso intento siempre.

La hora era supernumeraria, debían meterme entremedio y me habían reservado ese huequito y así se lo dije a la cancerbera de turno que me hizo sentar a "esperar a su compañero" para que tomara el citófono y le dijera a la tecnóloga a cargo que yo estaba ahí.

Tan simple como eso, y no lo hizo, ni me advirtió a mí ni menos le dijo al hombre lo que estaba haciendo ahí yo. Luego de esperar 20 minutos por nada me paré para insistir y en 20 segundos estaban atendiéndome, pero provocó el retraso mío y el de los que venían detrás. Perdí el tiempo, lo perdió el médico y su equipo y los demás pacientes. Mi marido, que me acompañó, llegó tarde al trabajo y pagamos extra en el estacionamiento, y todo por una amargada mujer inepta que quién sabe qué rencillas tendría con quién.

¿Qué falta para que nos tomemos en serio el tiempo ajeno que no es otra cosa que VIDA?








viernes 11 de septiembre de 2009

¿Qué hacías el once de septiembre de 2001?

El día que el mundo cambió.



Hay situaciones que nos alteran la vida a tantos a la vez, que conmocionan, que nos marcan hitos tan señeros que no los podemos olvidar y los recordamos con certeza total. De ahí mi pregunta para este meme: ¿Qué hacías tú a la hora de las explosiones de los aviones contra las torres gemelas de Nueva York el 11/09/2001?

Yo estaba en el colegio de mi hija en una reunión semanal que tenía efecto ahí. Comenzaba a las 9:00 y terminaba a las 10:00. En Chile tenemos la misma hora de Nueva York, la ciudad afectada, o sea sucedieron los hechos mientras estábamos reunidas.

Al salir, veo a la Teté, una del grupo demudada con su celular en la mano y nos dice:
_"John (su marido) dice que bombardearon las torres gemelas y que las demolieron, y también bombardearon el Pentágono"

No quería creer y se lo digo, pero me entró tal angustia al no saber si era un ataque masivo de una potencia extranjera o qué, que me puse a temblar como con síndrome de carencia de droga, por lo menos, y me fui al oratorio del colegio a rezar un avemaría --no me daba para algo más complicado-- y de ahí a casa sintonizando la radio de la Universidad de Santiago que jamás daba noticias por trasmitir sólo música, principalmente selecta, pero que interrumpió su programación para hacerlo. Lo único que se me ocurría era pensar que era la tercera guerra mundial sin vuelta atrás.

Llegué a mi casa y Bernardita, la empleada, tenía encendida la T.V y juntas nos pusimos a ver esas imágenes reiteradas todo el día y que todos tenemos en la retina y en los oídos los gritos de los periodiostas y público que observaban el primer incendio y que decían: _"Oh, my God, oh, my God!!!!!" que era justamente lo que yo decía, pues --no me pregunten por qué-- cuando algo amerita pronunciar el nombre de Dios lo hago en inglés, así es que me unía al coro.

Ese mismo día debía sacarme el aparato de un registro de presión arterial de 24 horas, y debía dejar anotados los acontecimientos importantes que pudieran hacérmela subir y, efectivamente, quedó un registro con una subida notoria a esa hora.





jueves 10 de septiembre de 2009

Desánimo temporal


No estoy en un 100% de entusiasmo para postear, pero ya "volverán las oscuras golondrinas" de la inspiración a partir de cosas mínimas, como son las mías, para colgarlas como entradas acá, y es que he tenido penas propias y nacionales, pues nuestra selección de fútbol debe clasificar en el grupo que incluye al campeón del mundo --¡ y PENTACAMPEÓN para más remate!-- y nos ganaron como locales y aunque los nuestros le hicieron una muy digna pelea nos ganaron 4/2.....son ideas deshilachadas para un día complicado, pero hay que tratar de animarse.





lunes 7 de septiembre de 2009

Dientes preciosos


Mi madre a todo le encuentra algo bueno. A todas las personas algo bello, y cuando ya no hay nada que se destaque por su hermosura, dice "tiene unos dientes preciosos".

Traigo a colación ésto porque ya me da susto mirarme con detalle en el espejo más allá de ver si no se me quedó una mancha de pasta dental en los labios, pero sí debo reconocer que tengo unos "dientes preciosos" por varias razones: una de ellas es lo caro que me ha costado mantener lo que sigue detrás de los caninos, pues puedo decir con orgullo que todas las raíces son mías, propias mías, originales de fábrica, y sólo tengo tres coronas implantadas sobre ellas que se las debo al arte de mi dentista, pero igual, platita que me he gastado, de ahí que son "preciosas", palabra derivada de "precio".

La otra razón es que lo visible, de colmillo a colmillo, no ha tenido necesidad de ninguna reparación: ni obturaciones, ni extracciones, ni frenillos. Todo puesto ahí por los genes que me ha dado Dios, y que suerte que me los diera, pues los dientes me salieron en su lugar , han durado todo lo que he vivido, no se arrugan, no engordan, y me sirven para dos cosas que me encantan: sonreír ¡y comer!






jueves 3 de septiembre de 2009

Feliz cumpleaños blog mío


Cuatro años de compañía mutua. Casi no creo que he llegado hasta acá, que he ido conociendo y juntando tantos amigos como son los que se han asomado, pasado, ido o permanecido acá. Gracias por su tiempo, su amistad y las alegrías y tristezas compartidas.
Que Dios los premie con toda clase de bendiciones.













Primavera reventona

Post dedicado a Fernando, que me ha pedido mostrarle la nueva savia del sur del mundo. Esta amiga no puede resistirse a un pedido que le encanta.


En cualquier momento revienta el pop corn rosado de los capullos que prometen mermeladas y aromas a verano

Va pasando el invierno y mi patio se torna cada día más habitable, más acogedor y luminoso

Madera nueva en un árbol viejo. Con su experiencia el arbolito nos reproducirá la fruta que le conocemos. Ha valido la pena la espera.







miércoles 2 de septiembre de 2009

Observados desde lo alto


Espero dos turnos del semáforo. El tráfico no es chiste con tantos vehículos girando por las ciudades y la mía la sufro yo.

Mientras espero, me entretengo observando una cámara arriba, muy alto, puesta para mirarlo todo y ser ignorada.

Con eficiencia gira rápido o lento, sube o baja "hasta el mentón" su cabecita llena de sensores con sus bien aceitadas piezas y me siento observada por un policía atento, ignoto, lejano y robotizado.

Tengo la conciencia tranquila inclusive sobre lo más íntimo: vengo de confesarme, pero aún así, uno no se siente muy inocente. ¿Qué le pasará por la cabeza a los que sí tienen algo que temer, bien concreto y que puede ser detectado desde las alturas? Unas dosis de alucinógenos puedes dejarlas dentro del bolso y pasarán, pero ¿qué haces cuando eres tú mismo lo que hay que esconder porque te buscan?

Sí, las cámaras están ahí, omnipresentes por nuestras seguridad, dicen, pero ¿qué pasaría si mi seguridad me quita libertad y su "custodia" está en manos de quién no es digno y hace mal uso de alianza entre la tecnología y el poder de perseguir?

Creo que me he puesto algo paranoica y Orwelliana.





Algo de mí

Mi foto
Vitacura, Santiago de Chile, Chile
Mujer, hija, esposa, madre, y como consecuencia, ahora soy abuela de Sofía e Isabel. Tengo 5 hijos, uno de ellos es sacerdote católico. Una bendición inmerecida. Mi apodo bloguero de AleMamá se lo debo a mi yerno. Para distinguirme de su esposa llamada como yo (y no por culpa mía) comenzó a llamarme así. Muchos me lo escriben como "Alemana", pero no, se trata de Ale, como apócope de Alejandra, y mamá por el mejor papel que la vida me ha dado, el de esposa y madre. Soy chilena, católica, y con la cultura occidental muy metida en el alma. Me interesa la tecnología y la ciencia al servicio del hombre, considerando la Ley de Dios siempre, siempre, siempre.

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