Ayer a las 19:30 tuvimos un gran sismo grado 7 de Richter (mide la energía liberada) y VIII de Mercalli (mide las consecuencias sobre la superficie afectada) en las ciudades cerca del epicentro, entre las que se cuenta la que habita mi vieja madre.
Yo estaba regando y comencé a marearme de una manera muy extraña. No me di cuenta al principio de lo que pasaba, hasta que vi que no sólo se movía la laurentina que yo mojaba sino los árboles, cables, poste del alumbrado y la casa también.
Diferente fue el caso de mi vieja, que sintió el retumbar de un largo trueno en un día sin nubes, y de inmediato comenzó el zangoloteo que, para ella que ya está curtida con todas las réplicas del terremoto del 27 de febrero de 2010, lo encontró terrible de fuerte. Realmente en cualquier sitio esto es terremoto de tomo y lomo, pero en Chile estamos bastante preparados y -como no hubo muertos, salvo un infartado- lo llamamos temblor fuerte.
Debo contarles que, por si las moscas, mi mamá durmió vestida, con el celular colgado del cuello y la linterna solar pescada del brazo.





