Un rincón para detenerse con buen clima en general. Como en todos los sitios, acá no faltarán los nubarrones, pero con que pasen, ¡todo en su lugar!



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viernes, 4 de mayo de 2012

Luces al atardecer



Eran las cuatro y tanto de la tarde y encendí las luces de paso en mi casa. Junto con eso me puse a mirar la lluvia y las nubes que oscurecen todo y recordé los días de invierno de mi niñez cuando en el campo no había luz eléctrica como ahora, para todo y para más de lo que necesitamos, y en todos los lugares imaginables.

Uno aprovechaba hasta el último rayo de luz sin encender lámparas ni velas y era el atardecer una hora muy melancólica que solo terminaba cuando llegaban los mayores con las lámparas marca Aladino, a parafina, con su preciosa luz y comenzaba la intimidad a su alrededor. Ahí jugábamos, leíamos, y a veces cantábamos con la mamá, y para mi era lo mejor cuando sucedía porque aunque no era muy seguido se me quedó marcado como unos de los momentos mágicos en esa casa vieja y llena de historias y de Historia y ya, hace años, demolida.

Pensando en ésto puedo decir que no me molesta nada cuando se corta la electricidad, porque con sólo encender una vela ya se arma un ambientazo que invita a la convivencia a un ritmo humano.



martes, 26 de julio de 2011

Huevos de campo, de nuestro campo.


Por ahí tengo una lista de temas para desarrollar y que tratan de cosas de mi infancia que se debe parecer a la de muchos de mis contemporáneos o coterráneos al menos. No sé si muchos usarán la tecnología como yo lo hago, como  para encontrar estas nostalgias en un blog perdido entre millones, pero para los que aparezcan puede haber un atisbo de memorias comunes en estos apuntes.

En nuestra casa de campo había de todo lo necesario para cuando se cortaran los caminos en invierno, cosa que no era rara ni entonces ni ahora. El río Loncomilla es cosa seria. Por eso, también había un gallinero grande y desordenado donde las aves, mientras no cayeran a la olla, eran mucho más felices que los desgraciados pollos de ahora. Tenían mucho espacio y comidas variadas, por lo que los huevos eran firmes y de unas yemas amarillas casi anaranjadas, tanto, que cuando he vuelto a comerlos me parecen tóxicos e irreales.

El gallinero lindaba con la huerta, y no era raro que las gallinas se pasaran al otro lado a gustar antes que nosotros las verduras que eran el hobby de mi padre, y ahí hacían sus nidos y empollaban si no los encontrábamos a tiempo. Y eso era lo más entretenido, este buscar las nidadas entre las plantas espontáneas, desordenadas y pinchosas de las zarzamoras que abundaban junto con el poleo que cada verano nos dejaba su aromático recuerdo. ¡Qué satisfacción más grande el encontrar en un sitio impensado y remoto 10 huevos de todos portes y colores!, porque las gallinas de raza araucana dan huevos celestes, verdes, y otros de una gama similar que son una sorpresa para los que no los conocen y allí había muchos.

El problema para los niños era que si la pobre plumífera tenia pollitos nos perseguiría, y por eso buscábamos con prudente cuidado.



martes, 20 de julio de 2010

Increíbles cosas que puede comer un niño ¡y sobrevivir!

Nuestra vida en el campo cuando éramos chicos tenía el encanto de la seguridad -basada en no sé qué en realidad- de que hiciéramos lo que hiciéramos, si no nos veían, estaba bien, y era difícil que no nos viera alguien, teniendo niñeras (en plural), mozos, peones, cocineras, padre y madre dando vueltas por todos lados. Así y todo lográbamos ponernos en peligro y podríamos haber muerto de varios modos y nadie se enteraba. 

Unos ejemplos: recuerdo haberme banqueteado comiendo las cabezas de los fósforos. Me robaba las cajas completas de la cocina y escondida por ahí, me las zampaba junto a un rico postre de minas de lápices de grafito. Les sacaba punta y me las comía hasta no poder seguir por lo chico que quedaban.

Con mi hermano René descubrimos unas larguísimas tiras de Aspirina de adultos (500 mg) y como eran tan malas al paladar, ¡hacíamos competencias de quién era capaz de comer más sin arrugarse por lo ácidas!  En teoría la intoxicación debió de haber sido bárbara, pero no recuerdo nada especial. No me explico cómo dejaban esas cosas al alcance de nosotros en el cajón de abajo de un velador, salvo que estuvieran MUY vencidas ya....¿vencerán en realidad? Otro galardón para nuestros ángeles custodios superdotados.

Otra delikatessen de esa época era comerme la pasta dental que era re mala. Me iba al baño y, empinada, me embetunaba los dedos con eso y lo saboreaba como si fuera una golosina verdadera, de esas que no abundaban porque, si compraban, se esfumaban en un periquete.

miércoles, 21 de abril de 2010

Reciclando pilas y baterías



Desde que he tenido el ejemplo de los mis pareintes en Alemania, estoy teniendo más cuidado con el lugar donde quedarán para la eternidad las baterías y pilas de los artefactos que usamos. Las estoy juntando todas para ir a un "punto limpio" de la Municipalidad de Vitacura, que es la mía, pero hay pocos en las ciudades....

Cuando veo cualquier  cauce de cualquier estero o curso de agua, que suelen estar  llenos de pilas oxidadas me dan ganas de tirarme el pelo y gritar para que tengan conciencia del daño que se hace, pero luego me acuerdo que en Carrizal del Maule jugábamos con ellas cuando yo tenía unos 5 ó 6 años y , personalmente, inventé un sistema para desarmarlas y usar el centro que era como un  lápiz de carbón para escribir por ahí, en el suelo o donde fuera. Es que en el campo  nunca hubo lápices suficientes para mis inquietudes de escritora incipiente, y hasta donde sé ni las contaminaciones con los soldaditos de plomo del abuelo, el humo de los cigarros todos los tíos y compañeros fumadores, ni los metales pesados de las baterías viejas con que jugábamos nos ha afectado del modo apocalíptico que se describe. Igual, a mayor conocimiento, ¿qué cuesta llevarlas donde harán menos mal?

Debo decir que a los 5 años yo sabía leer. Me enseñó mi madre en el campo, en su falda, ante el interés que yo tenía por descifrar la letra impresa. Mis niños aprendieron a los 4 años, enseñados por mí. Pedían lo mismo que yo y no les hice esperar el colegio para abrirles el vasto mundo de las letras.




jueves, 6 de agosto de 2009

Vida en el campo. Carrizal del Maule


Comienzo una nueva serie de historias mínimas y anécdotas de mi infancia vividas en un lugar cerca de San Javier de Loncomilla, Chile, llamado Carrizal del Maule (Latitud: 35° 42' 0 S, Longitud: 71° 54' 0 W). bajo la sombra del cerro Gupo. Ahí pasé mis primeros años de vida hasta que debí entrar al colegio.

Casa de Carrizal

Nuestra casa de campo era grande, antigua, y con las incomodidades de tener una distribución de corredores hacia el jardín, por el frente y por detrás hacia el patio plantado con olivos, con sus hojas plateadas temblando por el viento, sin contar la huerta y el gallinero que era un mundo por descubrir a mis cinco años, que es la edad de mis primeros recuerdos firmes. Algo he contado acá* en una entrada que casi nadie ha conocido por ser de las primeras en este sitio.

Todas las habitaciones estaban articuladas y conectadas a estos corredores de anchos aleros, muy útiles para trabajar bajo techo cuando el aguacero se dejaba caer, y para descansar a la sombra del verano en el rulo. Salvo cuando alguna innovación cambiaba ese esquema, las casas de campo del Valle Central eran así. Herencia de España, claramente.

Del gallinero se pasaba a la huerta, ambas cosas indispensables cuando se vive lejos de los centros urbanos. En lugares así no había almacén que sirviera cuando se cortaban los caminos o se necesitaba cocinar variado y sano. También teníamos un molino de granos, pesebrera, corral de ganado menor, huerto con frutales y un camino con eucaliptos olorosos y de suaves sonidos. Todo lleno de pitidos de picaflores en la época de las flores.

La laguna del poleo

Entre la huerta y el gallinero había unas vegas que mantenían un laguito --otros dirían charco-- donde se criaban los patos y que en el verano se cubría de poleo, esa hierba fragante, verde y de hojas pequeñas que aromaba todo el lugar. Todavía lo recuerdo, pegado a mi nariz, como uno de los olores de mi infancia.

Mis hermanos con sus amiguitos hacían unas embarcaciones con las gamelas, especie de cajones donde se cosechaba la uva para la vendimia, y aunque flotaban sobre el barro líquido, ellos se sentían de lo más marineros. Pasaban horas ahí. No sé por qué, pero no recuerdo que haya habido zancudos que nos picaran. Pulgas, sí, en abundancia, con tantos animales dando vueltas por ahí.



viernes, 16 de septiembre de 2005

Estrenando memorias. Las más antiguas.

Oigo ladrar perros en la noche. Son perros alerta, perros de casas, perros que cumplen un deber y alegran un hogar. Son ladridos de canes cautivos, amigos del hombre: personas que los aman y los cuidan. Buena alianza desde tiempos inmemoriales de mutua conveniencia. ¿Cuando nos descubriríamos mutuamente?

Desde mi más tierna infancia los perros y sus comunicaciones nocturnas están presentes. Siempre hubo de estos primos de los lobos y dingos cerca de mi hogar. Mi madre los ama y tiene una paciencia y un don para educarlos que yo no he cultivado por tener una familia de gatos un tanto extensa, incompatible con los mastines, pero amigables con mi jardín. ¡Punto en a favor para los mininos!

Los ladridos entrañables que me retrotraen a mis tiempos de las visitas invernales a la abuela Mimí en Villa Alegre. Inviernos en que las luces legañosas de la calle daban sombras fantasmagóricas dentro de la galería laaaarga ¡como vagón de ferrocarril! sombreada en verano por el viejo nogal que en invierno, ya desnudo, sólo dejaba caer de vez en cuando alguna nuez olvidada que rodaba por el techo de zinc haciendo su "toco-toco-toco-toc-toc-toc" característico.

Junto a los perros son los sonidos nocturnos más especiales y --creo-- los primeros de los que yo haya tenido conciencia y que hasta hoy me llevan a ese hogar que mantenía ardiendo el amor de mi abuela, y, curiosamente, también me hacen volar hacia tiempos pasados en las noches de campo en Carrizal, con su silencio alterado sólo por los ladridos, quietud que desde muy lejos permitía oír venir algún vehículo por el camino ripiado, con sus cerros cortados que se iluminaban a su paso, para seguir de largo haciendo saltar las piedras que pegaban contra su panza de metal sin molestar mucho por ello a sus misteriosos ocupantes.

Algo de mí

Mi foto
Vitacura, Santiago de Chile, Chile
Mujer, hija, esposa, madre, y como consecuencia, ahora soy abuela de Sofía,Isabel y Juanito, por el momento, mientras llegan los demás que están en la mente de Dios. Tengo 5 hijos, uno de ellos es sacerdote católico. Una bendición inmerecida. Mi apodo bloguero de AleMamá se lo debo a mi yerno. Para distinguirme de su esposa llamada como yo (y no por culpa mía) comenzó a llamarme así. Muchos me lo escriben como "Alemana", pero no, se trata de Ale, como apócope de Alejandra, y mamá por el mejor papel que la vida me ha dado, el de esposa y madre. Soy chilena, católica, y con la cultura occidental muy metida en el alma. Me interesa la tecnología y la ciencia al servicio del hombre, considerando la Ley de Dios siempre, siempre, siempre.

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