Pocos han aceptado la invitación a contar algo de lo que les ha sugerido la foto que, para mí, cuando la encontré, fue inquietante en cierta medida pues me sugirió parecidos sentimientos que los que se han compartido acá. Dejo mi versión ahora:
Ian McNamara miraba las tierras agotadas y pobres de sus ancestros escoceses y anhelaba un futuro mejor para él y la familia que fundaría. Buscaba dónde podría hacer producir de mejor modo lo único que tenía como capital: sus conocimientos de ovejería y pastoreo. Poca cosa realmente, donde todo el mundo se dedicaba a ese oficio, pero era tenaz.Luego de mucho averiguar, supo de que en el fin del continente americano -donde sólo los hielos antárticos existen más allá del mar- se estaba desarrollando una industria lanera en que personas como él eran muy bienvenidas. ¡Probemos!, se dijo y partió cerrando la insegura puerta, con sus bisagras por el lado exterior. Era el último de su estirpe, y al partir nadie lo despidió, salvo su fiel perro pastor, compañero de tantas horas de soledades y sueños de mejor futuro.Fue larga la navegación; durísimo el paso por el estrecho de Magallanes, pero llegó sin novedad a Punta Arenas, Chile, la tierra prometida para su despegue personal. Todo era entusiasmante. ¿Cuándo partiría a la estancia tierra adentro donde lo esperaban? No era tiempo de recordar su vieja y destartalada casa en el norte del mundo.Pasaron los años, la soledad de esos enormes páramos ventosos fue su compañera, la única con nombre femenino en cientos de kilómetros a la redonda, pero ya no pensaba en eso. Se había adaptado a su nueva vida y Escocia con sus tierras se diluía en días, meses y años como les pasó a muchos otros como a él. Ya ni su perro estaría para recibirlo, ¿para qué volver?La puerta que cerró nadie la abrió. No había nada de valor aparte de unos pocos recuerdos y esos los llevó consigo.



