En La Buena Tierra, libro de la Premio Nobel Pearl Buck, el protagonista compra su ataúd y lo pone muy cerca de si en su casa para que cuando llegue la hora todo esté preparado para una digna sepultura. Le servía de consuelo el tenerlo de antemano. Era una especie de orgullo también, por eso compró uno muy bueno. No por tenerlo se quería morir, pero el hombre era muy pragmático y previsor y no hay ningún misterio en que todos y cada uno nos vamos a morir cuando Dios diga ¡basta!
Mi abuela construyó un mausoleo para 24 huéspedes -más una huesera para reducciones- en el que tenemos derecho a sepultura todos sus descendientes hasta la generación de mis hijos con sus respectivos cónyuges. Mis nietos ya deben pagar su derecho para sepultarse ahí, y espero no verlo nunca. Lo que ella no previó es que casi nadie de las nuevas generaciones se ha enterrado ahí, porque no nos hemos muerto (jeje) y porque entre otras cosas tenemos otros mausoleos en otras ciudades y últimamente los llamados cementerios parques han ido alejando a los usuarios tradicionales de los viejos camposantos. Son lejos más lindos y nadie dice en voz alta que además ayudan a olvidar el motivo porque existen: la "pelá". En todo caso yo la tengo muy en cuenta; sería muy tonto no hacerlo así.
Mañana tengo cita con una promotora de ventas del Parque del Recuerdo para ver la posible compra de dos apartamentos con vista al parque pensando en mi marido y para mi, pero en el columbario, o sea un sitio especial para las urnas pequeñas de las personas cremadas, porque eso es lo que deseamos que hagan conmigo y con mi viejo, porque queremos pasar juntos toda la eternidad.
P.S: Lo de buscar un columbario que pudiera ser el del Parque del Recuerdo se debe también a que las cenizas de nuestra tía Olga, depositadas en el mausoleo del Cementerio General de Santiago se las robaron con su urnita y los floreros que tenía mi abuela ahí.
