Estamos viviendo pendientes de 33 mineros atrapados dentro de una profunda mina de cobre y oro, en el desierto de Atacama, cerca de Copiapó, ciudad donde viví por casi una década hace ya muchos años. El cerro se desmorona y pone en peligro a los rescatistas y hay pocas esperanzas de llegar a tiempo al sitio del derrumbe. Me tiene enferma pensar en la oscuridad, la sed, el hambre y el frío que puedan estar pasando ahí esos hombres, pero sobre todo el estar enterrados vivos. Que Dios tenga piedad de ellos.
La tragedia que se está desarrollando AHORA, me ha recordado aquel día en que mis tres hijos mayores, de menos de 10 años salieron con mi hermano a pasear a una mina abandonada que quedaba en los cerros que se veían desde mi casa. No tuve problema alguno en autorizar la excursión, ¡que fascinante echar una mirada a algo así! pero nunca se me ocurrió los peligros que podrían encontrar con adentrarse tan solo unos metros dentro del pique -algo de luz había aunque fuera poca- pero por eso mismo, y por estar encandilados por el sol del desierto, al entrar en el túnel que llevaba hacia dentro del cerro, se detuvieron en el último instante ante un socavón que bajaba verticalmente y no se le conocía el fondo. Tiraron unas piedras, y sonaban allá aaaaabaaaaaajoooooo, donde podrían haber ido a dar mis niños y mi hermano querido. Sus ángeles los guardaron en sus caminos, qué duda cabe. Por lo menos yo, no hay día en que no les pida que me los cuiden, porque creo en su acción.


