
Vengo dorada por el sol, pero por necesidad de la melenina de mi piel, pues adoradora del astro rey no soy, ni tengo nada que lucir a la platea desconocida de una playa que me enorgullezca - ¡ni aunque sintiera que "aún pego unos petardos"!- pues tengo familia, marido y estimo mucho mi privacidad e intimidad de persona como para andar luciendo mis cueros por donde no corresponde, así es que nada, me tosté como subproducto, pero me gusta que sea por largos baños de mar en las aguas frías del Mar de Chile, a 17ºC promedio, que es lo que permite ese alemán llamado
Humboldt, que, al decir de mi hijo, es el responsable de que sea helado el Pacífico que nos recorre.
Claro que también tiene sus ventajas, pues la rica fauna marina ha hecho que en las vacaciones nos alimentáramos de los frutos del mar, tanto pescados, como mariscos y algas, que en Chile las tenemos muy sabrosas.
¿Ventajas, dije? Claro, por la calidad de la dieta y la felicidad de los "pelícanos" de la familia - mi esposo y mi cuñada que nos acompañó- pero mis niños añoraban la carne de un buen vacuno del cono sur de América cocinado de cualquiera de las formas colesterolientas habituales y aceptadas por la mayoría, pero en este caso, la democracia una vez más no funcionó: el veto paterno se impuso y las extremidades palmeadas de la familia ya van a ser incorporadas a los genes de las próximas generaciones.
Bueno, contenta de haber regresado y del comienzo de la vida real del año académico por delante y de mis trabajos de la casa y de madre que me apasionan. ¿Quién dijo que es alienante? ¡por favor! tengo una agenda llena y es para lo que me gusta y los que amo. ¿Qué mejor?