Corrían los primeros años del siglo XX cuando la mayor de las tres hermanas cumplió los dieciseis años con una rubia belleza poco común en su pueblo. La niña no pasó inadvertida para sus tíos que deseaban urgentemente casar con alguien que le calzara socialmente al joven tarambana de su hijo veinteañero que ya vivía un tórrido romance con la hija de la ranchera del fundo, y veían con horror que el chico siguiera los pasos de un pariente que se vió inesperadamente casado con quien no le convenía, en medio de una borrachera, dicen. Yo lo creo, pues se veían muchas anomalías en esos años de pocas regulaciones, fácilmente evitables, y si había buen mosto entre medio, ¡más fácil!
La joven Alicia fue empujada a aceptar el noviazgo impuesto por sus padres y tíos pues los matrimonios entre primos eran cosa corriente en una sociedad rural tan pequeña, y convenirlos sin el consentimiento de los involucrados no constituía ningún motivo de admiración; por lo demás generalmente eran todo un acierto y funcionaban maravillosamente. Claro, hubo excepciones.
Todo estaba planeado con detalles y elegancia; no por nada eran personas bien y había que demostrarlo con sencillez pero con generosidad, atendiendo a patrones, empleados y peones y sin contar con la negativa de la noviecita que hasta el último momento decía que no quería casarse, pero no hubo ruegos, enojos ni amenazas que evitaran su destino. La casaron y era señora. Se supo que su flamante esposo tampoco tenía ningún interés en ella, salvo guardar las apariencias ante sus pares. Todo estaba consumado.
Muchos años después una prima suya contaba que su noche de bodas fue una pesadilla, que el novio no tuvo la menor delicadeza con la jovencita y se vengó de la injusticia cometida con él humillándola de un modo terrible.
La chica no pudo conservar ninguno de los hijos que engendró, y el marido jamás dejó a la ranchera que le satisfacía sus instintos de macho poderoso.
Poco tiempo pasó y alrededor de los veinte años era una esposa abandonada, sola y sin futuro, cuando conoció al que iba a ser el amor de su vida, un buenmozo elegante, de buena familia y poeta. ¡El sueño de cualquier jovencita romántica y adolorida! La calle de sus vidas no tenía otra salida que la muerte, y a la muerte recurrieron en un pacto clandestino: ella se envenenaría y él se dispararía para acompañarla, ya que en la vida no era posible.
Llegó el día de unirse de este modo y cumplieron con su parte cada uno, pero no previeron los sufrimientos de Alicia y su amante trató de acortárselos disparándole antes de proceder a truncar su propia existencia; él lo logró, pero la mujer debía padecer aún otro poco: no murió de inmediato y alcanzaron a darle los últimos sacramentos y prestarle auxilios médicos antes de expirar.
El padre le negó a la familia el asistir a las exequias de la desdichada jovencita, y quedó enterrada en una tumba anónima, que he tenido la suerte de conocer en un paseo por un pequeño cementerio de pueblo chico.
La joven Alicia fue empujada a aceptar el noviazgo impuesto por sus padres y tíos pues los matrimonios entre primos eran cosa corriente en una sociedad rural tan pequeña, y convenirlos sin el consentimiento de los involucrados no constituía ningún motivo de admiración; por lo demás generalmente eran todo un acierto y funcionaban maravillosamente. Claro, hubo excepciones.
Todo estaba planeado con detalles y elegancia; no por nada eran personas bien y había que demostrarlo con sencillez pero con generosidad, atendiendo a patrones, empleados y peones y sin contar con la negativa de la noviecita que hasta el último momento decía que no quería casarse, pero no hubo ruegos, enojos ni amenazas que evitaran su destino. La casaron y era señora. Se supo que su flamante esposo tampoco tenía ningún interés en ella, salvo guardar las apariencias ante sus pares. Todo estaba consumado.
Muchos años después una prima suya contaba que su noche de bodas fue una pesadilla, que el novio no tuvo la menor delicadeza con la jovencita y se vengó de la injusticia cometida con él humillándola de un modo terrible.
La chica no pudo conservar ninguno de los hijos que engendró, y el marido jamás dejó a la ranchera que le satisfacía sus instintos de macho poderoso.
Poco tiempo pasó y alrededor de los veinte años era una esposa abandonada, sola y sin futuro, cuando conoció al que iba a ser el amor de su vida, un buenmozo elegante, de buena familia y poeta. ¡El sueño de cualquier jovencita romántica y adolorida! La calle de sus vidas no tenía otra salida que la muerte, y a la muerte recurrieron en un pacto clandestino: ella se envenenaría y él se dispararía para acompañarla, ya que en la vida no era posible.
Llegó el día de unirse de este modo y cumplieron con su parte cada uno, pero no previeron los sufrimientos de Alicia y su amante trató de acortárselos disparándole antes de proceder a truncar su propia existencia; él lo logró, pero la mujer debía padecer aún otro poco: no murió de inmediato y alcanzaron a darle los últimos sacramentos y prestarle auxilios médicos antes de expirar.
El padre le negó a la familia el asistir a las exequias de la desdichada jovencita, y quedó enterrada en una tumba anónima, que he tenido la suerte de conocer en un paseo por un pequeño cementerio de pueblo chico.
Tumba de Alicia. Que en paz descanse.





