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| Así lucian las balas, sólo que no tan doradas |
"Somos sobrevivientes de una época que se nos vacunaba al natural", y tiene razón, porque recuerdo perfectamente que no sólo jugábamos con los soldaditos de plomo de los abuelos, sino que en casa del tata Oli, mi abuelo materno, había armas por todos lados: fusiles, pistolas, escopetas varias y la suya, mandada a hacer a su pinta a Saint-Étienne, Francia.
Cuando digo por todos lados es "por todos lados", pues podían estar detrás de la puerta o arriba de una silla, y los nietos jugábamos con unos grupos de balas que se envasaban en una especie de riel, parecido al que muestro en la ilustración. Claro que con ellas hacíamos casitas, caminos, cercas y muchas otras cosas así de inocentes.
Mi abuelo fue campeón nacional de tiro. Era impresionante el viejo.
También andaban al alcance de cualquiera unos tarros de pólvora que tenía ese mismo personaje no sé con qué fin, pero hay un célebre cuento de que cuando yo apenas sabía caminar salí con uno de esos envases a una galería donde estaba encendido un tremendo brasero. Dicen que el Tata pegó un salto impresionante y salió conmigo y mi cargamento lejos del calor. De eso yo no me acuerdo; así me lo han contado.
Por último, para seguir la conversación con Cyrano, puedo decirles que nuestros padres y abuelos eran partidadrios de conseguir inmunidad natural al dejarnos jugar, recoger cosas e inclusive comer del suelo. Oli decía: que tomen "terramicina" o "poco veneno no mata", y se acabó. Era verdad, parece: 23 de sus 24 nietos estamos vivos, falta una primita que murió de recién nacida.