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Cualquiera que en algún sentido haya sido favorecido por sus circunstancias de repente se siente inclinado a tratar de ayudar de algún modo a otros con menos facilidades en la vida. Ayudar de un modo más personalizado, dar algo propio, no de lo que sobra. Dar tiempo, por ejemplo, porque el tiempo no le sobra a nadie y no se compra en el mercado.
Un modo muy especial de concretar ésto es responder encuestas. Sí, sé que no es compartido por muchos, pero quisiera aportar mi punto de vista para tratar de revertir la tendencia a dar portazos a estas personas cuando nos tocan las puertas. No es cosa de salir mojada de la ducha para hacerlo, pero si buenamente podemos no es tan complicado.
La idea, al elegirte por rango de edad, barrio y otras circunstancias no es por que seas una autoridad en sus temas, como pueden ser los bancos, leches en caja, desodorantes o política contingente, sino que precisamente quieren saber lo que las personas reales sabemos o NO SABEMOS sobre lo que interrogan. Si no sabes pues dices eso: no lo sé, y si te molesta una pregunta dices: no respondo, y ya es respuesta.
De información personal nunca doy algo más que mi nombre de pila; que no trabajo en las áreas de los encuestadores y que tengo 62 años. Es suficiente para que valga. Sé también que una encuesta en mi sector les vale más o menos el doble que en otros lados y por 20 minutos que toma no nos vamos a hacer viejos ni se nos van a caer los anillos y para ellos hace una enorme diferencia.








