
Sonó un teléfono celular.... y ya había comenzado el concierto..... todos nos pusimos nerviosos por la falta de cultura --o de urbanidad al menos-- ante tamaño atentado al arte; en una sala pequeña, para colmo.
Silencio sepulcral sólo roto por el desesperado revoltijo de objetos y papeles en bolsos y bolsillos, pero nada. Se calló la infernal melodía en medio de los celestes acordes blancos y negros, hasta que comenzó todo de nuevo. Ya la molestia subía a grado seis de la escala sísmica de Mercalli, y el intérprete seguía haciendo como si nada, pero todo tiene su límite, y cuando, por tercera vez, atronó el aire del auditorium con el ruido de fono, el artista interrumpió sus escalas y arpegios para preguntar indignado de quién era el aparato que desentonaba todo.
Comenzamos a buscar ostensiblemente por todos lados, hasta por debajo de las butacas, y nada. El pianista ya echaba chispas y todos permanecíamos avergonzados por los demás, deseando en el fondo del alma que no fuera el nuestro cuando nuevamente comienza el berrido polifónico ya más acotado por haber callado el piano. Se siguió la dirección que marcaba el sonido hasta una mochila tirada en un rincón lejano. Cuál no sería la sorpresa y ¿alivio? a descubrir que el móvil era nada menos que el del propio pianista, que, como cualquier vecino, había olvidado pornerlo en silencio.
Terminados los comentarios, suspiros de alivio y disculpas por todos lados, el concierto siguió adelante, pero ya no pudo ser lo mismo.
Silencio sepulcral sólo roto por el desesperado revoltijo de objetos y papeles en bolsos y bolsillos, pero nada. Se calló la infernal melodía en medio de los celestes acordes blancos y negros, hasta que comenzó todo de nuevo. Ya la molestia subía a grado seis de la escala sísmica de Mercalli, y el intérprete seguía haciendo como si nada, pero todo tiene su límite, y cuando, por tercera vez, atronó el aire del auditorium con el ruido de fono, el artista interrumpió sus escalas y arpegios para preguntar indignado de quién era el aparato que desentonaba todo.
Comenzamos a buscar ostensiblemente por todos lados, hasta por debajo de las butacas, y nada. El pianista ya echaba chispas y todos permanecíamos avergonzados por los demás, deseando en el fondo del alma que no fuera el nuestro cuando nuevamente comienza el berrido polifónico ya más acotado por haber callado el piano. Se siguió la dirección que marcaba el sonido hasta una mochila tirada en un rincón lejano. Cuál no sería la sorpresa y ¿alivio? a descubrir que el móvil era nada menos que el del propio pianista, que, como cualquier vecino, había olvidado pornerlo en silencio.
Terminados los comentarios, suspiros de alivio y disculpas por todos lados, el concierto siguió adelante, pero ya no pudo ser lo mismo.













