A veces escribo cuentos. Me encanta inventar cosas, pero no siempre me animo a publicarlas. Ésto lo tenía olvidado, y lo encontré buscando unas historias escritas por mi madre que he subido acá:
La Pluma de Irma Rodríguez Nuss Releyéndolo, no lo encontré tan impresentable y lo cuelgo acá, a ver qué les parece a mis amigos. Sean sinceros, necesito objetividad para mejorar muchas cosas y de tan buenos que son, se guardan una crítica constructiva. Conmigo, no callen, por favor.
Mientras el agua
borbotea, corro a ver el correo. ¡Nada interesante! ni el spam, con la misma oferta de
Cialis de siempre, que lata. Pero a ver, espera un momento, aquí hay uno de la
Rosita, que va a venir después de todos estos años, ¡y yo con esta peluca de
siete colores, impresentable, que me hace mayor de lo que soy!.... pero, nada,
a ella también le han sumado los años; para nadie pasan en vano, vinieron como
okupas, para quedarse, malditos sean.
Bueno, cambio de
planes, anota: pe-lu-que-ría, cita urgente con François le sensualité, como
dice que le decían en París y que ahora acá le dicen Pancho, el zaz. Tiene arte
este personaje, de verdad, logra hacer de una cincuentona una joven de buen
ver, ¡y vaya si lo necesito! no me gusta estar viuda, sola y más encima,
desaliñada, fea y deprimida.
¿Qué será de Pedro,
su hermano? supe que le ha ido muy bien en sus negocios, pero en su vida privada
más o menos; bien desgraciado que ha sido el bombón de nuestros sueños
adolescentes. ¡Ay! Como que no quiere la cosa, le sacaré algo a mi
amiga, si no se pudo antes, capaz que ahora resulte. Bueno,
manos a la obra.
Pasa la mañana,
pasa la tarde, todo como siempre, pero el corazón camina más rápido, quién lo
pensara, un recuerdo y todo cambia, aunque sea por un rato. ¿A qué hora vendrá
la Rosita? ¿Atrasada como siempre? ¡qué nerrrviosss! ¡Ding-dong! ¡dong-ding! ya
la tengo aquí, y está regia, regia, regia, flaca, buena ropa, elegante, como
nunca, ha aprendido en estos años, bien por ella; ¿qué impresión le estaré
causando? nos miramos como dos inquisidoras buscando arrugas disimuladas,
cirugías, cejas tatuadas, postizos, presbicias, pero nada, está impecable.O no
ha sufrido, ha estado en hibernación, o tiene un cirujano extraordinario. Casi
no me atrevo a compararme, salgo muy mal parada.
Ay, cómo no me quedé como cada
día sorbiendo mi café, leyendo las noticias que suceden bien lejos de mi, donde
basta con una lamentación abstracta, sin complicaciones que me involucren,
mientras, sé cada paso de mi agenda aunque ni mire el reloj. ¿Quién me mandó a
armar panoramas que remuevan el pasado que bien estaba bajo capas de cómoda
rutina? Ahora ya he invertido en mi pelo; he trabajado extra para ordenar mejor
la casa, a la que no le dedicaba una mirada de extranjera para mejorar los
detalles, que de tan vistos ya no los veo; me he pasado películas
imaginarias con Pedro, en las que aún somos jóvenes con futuro --tan viejos no
somos-- pero en realidad no tengo ni ánimos para el esfuerzo que implica una
nueva relación, y menos si ni siquiera sé en qué está Pedro hoy.
¿En qué momento he
renunciado por una tarde a mi rutina protectora ante los avatares; los años
acumulados; las inseguridades ante nuevos desafíos por revolver recuerdos que
creía dormidos y que con su despertar me hacen daño?
La Rosita ya
se va, regresará a su hogar en el norte donde se conserva como en los
recuerdos. De Pedro, nada, no vaya a ser que sea como ella: inmarcesible. No me
atrevo a embarcarme en el intento, no digamos aventura.
Nos despedimos
mientras se cierra la puerta. Nos dijimos lo que se esperaba que dijéramos, es
buena y simpática, como siempre, soy yo la que se marchita. Todo estará en el lugar de costumbre, del
que no debiera haber salido y del que seguramente no saldrá, pues yo se lo
habré impedido.