Iranzu, una antigua bloguera amiga de este sitio ha retomado sus posteos, y entre ellos hay uno llamado
Casarse, donde dejé un comentario que he tomado de base para esta entrada ahora que estoy en una etapa de la vida llena de matrimonios, pues los hijos propios y de mis amigas están cambiando de estado civil.
Me casé hace muchos años -ya soy abuela- y sentía que es algo muy personal, por eso quería casarme un día de semana, al mediodía y sólo con nuestras familias directas y punto, pero mi papá me dijo que no me casaba mal, ni tenía nada que esconder, que me debía desposar ante algo más de gente. En total seríamos unas 60 personas, ¡"siesque"! Salí con la mía de que fuera al mediodía, y tocó un día en que diluviaba.
Mi traje era "blanco roto", como dicen las españolas, o sea de un tono color algo así como marfil, hecho por mi modista, a media pierna, de lanilla, y el único adorno era una chaquetita corta y ajustada adornada con pasamanería. Punto. El peinado y tocado me los hice personalmente yo, y sería todo. El festejo fue un cóctel hecho y servido en mi casa. No necesitábamos más.
Tampoco teníamos mucho para alhajar la casa, ¡y menos casa propia! Empezamos sólo con la profesión de mi esposo y un muy buen trabajo que después ya no fue tan bueno por circunstancias políticas: la Unidad Popular, de triste recuerdo. Todo lo que tenemos lo hemos conseguido entre los dos, y lo mejor que hemos hecho como socios, obviamente, son nuestros 5 hijos.
Hoy, en que celebrar un matrimonio se ha convertido en una tremenda industria, no viene mal recordar que es lindo hacer una hermosa fiesta, pero más importante es lo que va por dentro, el deseo de hacer de esa unión que nace algo sólido, limpio y abierto a la vida. Comienza una familia, otra cosa que se está poniendo entre paréntesis.