Tabaco perfumado; volutas azules elevándose y cayendo, envolviendo los pensamientos aparentemente profundos del fumador de pipa, como mi abuelo. ¡Que olorosos recuerdos! nunca me molestó el olor a tabaco, menos aún en sus envases, aún sin quemar...una delicia.
Aprendió en Bélgica; la tenía colgando de sus labios aunque estuviera apagada, y en invierno se calentaba las manos con su brasa oculta en un suave cojín de ceniza, en esa barriga de madera noble y bella.
Las pipas para mi son un ícono de masculinidad. Las mujeres fumadoras más bien usaban boquillas largas y elegantes que producían el mismo efecto, claro que lo de profundos pensamientos podía ponerse entre paréntesis; las mujeres en cuanto a imaginería popular, en general, no salimos favorecidas. Una fumadora sería sensual o algo peor, como Marlene Dietrich. Para el hombre correspondería inteligente, y de inmediato se piensa en Sherlock Holmes. Yo, en Tolkien.
Mi otro abuelo liaba sus propios cigarros. Compraba sus tabacos de varios tipos y hacía sus mezclas personales que luego ponía -con parsimonia- a lo largo de ese papel de arroz finísimo, con pequeños pellizcos, para terminar pasando la lengua por el borde para pegarlo y luego gozarlo sin los remordimientos ni temores a que nos han llevado las estadísticas y estudios de salud pública.


















