Mustafá, el comerciante del bazar más completo de la villa, tenía buena voz para cantar, aunque sus sonidos en lengua de Palestina sonaran fuera de lugar en una cárcel de un pequeño lugar del sur de Chile. _¿Estará orando? se preguntaban sus guardianes. Lo ocurrido en su familia ha sido terrible, ¡y tan lejos de sus gente! Pobre turco, debe estar deshecho después de la muerte de su hija Jazmín.
Corrieron rumores, se inventaron historias, se mintió mucho, pero no hay secretos en un pueblo tan chico como ese, y pronto todo era de conocimiento público. Al ir decantando la verdad entre tantas mentiras se pudo ir aclarando lo sucedido.
Jazmín tenía una relación de pololeo con un muchacho de una buena familia conocida del pueblo, pero el chico tenía un pero: no era de la raza de su noviecita y para un palestino de la generación de Mustafá era inaceptable como candidato a yerno. Ellos se casaban con sus paisanos. Era lo "correcto".
Ante tamaña oposición del padre y los hermanos, la niña se encontraba a escondidas con Renato en la casa de su amiga Laura, y de tantos encuentros subrepticios pasó lo que sucede generalmente y Jazmín se embarazó.
No era broma el asunto. Ya era cosa de honor, ¡y el honor de un palestino se lava con la muerte del culpable, más si es de tu propia sangre, y lo hacen los ofendidos, su propia familia, personalmente! El viejo dió órdenes a sus hijos de proceder, y ¡vaya si procedieron!: la estrangularon.
El padre seguía cantando en la prisión sus "oraciones", día tras día, y se supo que con sus estrofas daba instrucciones de cómo declarar a la policía a sus hijos, que también estaban presos. Su idioma no tenía traductores locales.
Las declaraciones unánimes fueron aceptadas, pese a que uno de sus hermanos tenía las uñas marcadas en su cara y cuello. Además consiguieron un parte médico, de un conocido galeno del pueblo vecino que hacía cualquier cosa por dinero, y el turco pagaba bien. El certificado afirmaba que la mujer había muerto por la pérdida del hijo que llevaba en su seno. Era deshonroso, pero ya se había limpiado la mancha con su deceso. Todos salieron libres y nadie dijo nada, ni el padre del infante muerto, quizás demasiado joven y dolido para hacerlo.
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La historia tuvo un epílogo muy propio de sociedades tan pequeñas: La amiga de Jazmín, Laura, con el tiempo se casó con el noviecito de su amiga asesinada. Tuvieron familia y se quedaron en el pueblo, y cuando mucha agua corrió por los caudalosos ríos de la zona, los nietos de Mustafá se han ido mezclando normalmente con las familias locales, cosa que su desdichada hija no pudo hacer.